• Saltar a la navegación principal
  • Saltar al contenido principal

Cómo usar apps

Cursos online para crear contenidos con IA

  • Unirme a la Escuela de creadores IA
  • Acceder

725-Internet es un videojuego: cómo pasé de nivel después de perderlo todo

13 septiembre, 2026 by Rodrigo Lagos

Hola, bienvenido o bienvenida al episodio 725 de ⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠Cómo usar apps⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠. Soy Rodrigo Lagos y hoy hablaremos sobre cómo pasé de nivel después de perderlo todo.

Antes de empezar, te recuerdo que están abiertas las inscripciones para la escuela de creadores con IA, donde puedes aprender a crear contenido y productos digitales de forma práctica. ⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠https://www.skool.com/escuela-de-creadores-ia/about⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠⁠

Cómo pasé de nivel después de perderlo todo

Me invitaron a ser el primer invitado de «Transformando mi holograma», un podcast que arranca con una idea que me resonó apenas la escuché: el holograma es todo eso que vemos afuera —el negocio, la casa, los ingresos, la vida que armaste— y ese holograma no se modifica desde afuera. Se modifica desde adentro. Yo no llegué a esa conclusión leyendo un libro de autoayuda. Llegué después de perder una escuela de baile de diez años, quedarme sin dinero, sin pareja y sin un plan claro, y tener que empezar de nuevo con un terreno sin un solo ladrillo encima.

Lo que sigue es el camino completo, contado sin maquillaje: los errores, las crisis, lo que sí funcionó y lo que yo le diría hoy al Rodrigo de hace cinco años.

Empecé bailando solo en mi casa

Soy emprendedor desde chico. Siempre intenté vender algo, siempre intenté hacer algo por mi cuenta, y la relación de dependencia nunca me quedó cómoda. Aunque, siendo honesto, también pasaba que no me contrataban. Me acuerdo de una entrevista de adolescente: me preguntaron qué sabía hacer, dije «casi nada, pero estoy dispuesto a aprender», me dijeron «cualquier cosa te llamamos» y nunca me llamaron.

Como soy hijo único, pasé mucho tiempo solo en casa. Ponía música y bailaba. Si algo me salía mal, bailaba. Si me sentía mal, bailaba. Era mi forma de canalizar todo. Un día, en el gimnasio al que iba —porque era bajito, flaquito y sin un músculo, y ya calculaba mi futuro romántico—, vi entrar a un amigo, Luis, al que le decíamos Chuki: llegó en una Enduro, puso un cassette y se armó una clase con un montón de gente siguiéndolo. Nunca había tomado una clase de baile en mi vida y me vi ahí, en ese lugar. Él me dijo que no me podía enseñar mucho, pero que podía hacer un profesorado. Lo hice. Desde entonces y hasta el COVID me la pasé dando clases de gimnasia, baile y música: llegué a dar ocho horas por día.

«Comprá dólares y llevá tu talento a internet»

Ganaba bien, pero no sabía invertir absolutamente nada. Fui a una charla de finanzas personales y me llevé dos frases que me marcaron: comprá dólares —en esa época en Argentina casi nadie hablaba del tema— y llevá tu talento a internet.

Por ese entonces estaba estudiando producción musical y tomé una clase online por Google Hangouts, que era como el Google Meet de hace más de diez años. Aprendí más en ese curso que en toda la carrera. El profesor me propuso trabajar juntos: él hacía música electrónica, yo música latina, así que si le llegaba alguien de música latina me lo derivaba y repartíamos mitad y mitad. Ahí aprendí a dar clases online. Ahí entendí que el negocio digital «se hacía así».

El problema fue que yo estaba adelantado. Quería dar clases de baile y fitness online cuando la gente todavía quería ir al estudio. A veces el desafío no es el producto: es que no es el momento exacto para subirte a la ola.

El ángulo correcto: no le vendas a doña Rosa, vendele al profesor

Lo que hice fue buscar el ángulo. En vez de venderle clases online a una persona que no sabía conectarse a Zoom, armé un instructorado para que los profesores aprendieran de mí y después dieran sus propias clases presenciales. Ellos se ahorraban el viaje, podían estar en otra provincia o en otro país, y compraban mi contenido, mi música y mi metodología a distancia.

Todo era artesanal. Los pagos eran manuales, la gente me transfería y yo les mandaba los videos por Dropbox. Nada de plataformas automatizadas, nada de acceso inmediato. Hoy eso sería impensado: la tecnología acostumbró a la gente a comprar y entrar en el mismo minuto, sin contacto y sin fricción.

Dos crisis que me obligaron a reinventarme

La primera crisis fue una sociedad. Tenía montada una escuela para profesores con otra persona, hubo una maniobra que no correspondía y quedé afuera del negocio. Tuve que empezar de nuevo, aunque ya con una mejor idea de cómo funcionaba lo online.

La segunda fue económica. Antes del COVID, con la inseguridad creciendo, mis locales funcionaban cada vez menos: la gente no quería dejar el auto a la noche. Con lo poco que tenía ahorrado compré un terreno en San Vicente y me quedé sin un peso. El terreno no tenía ni un ladrillo y quedaba lejísimos de donde trabajaba. Viajaba seis horas por día en transporte público para dar cuatro clases.

Esas seis horas terminaron siendo el mejor curso de mi vida. Me había comprado un Kindle y, en vez de perder el tiempo con el celular, leía. Los libros te cambian la vida, literal. Leyendo me di cuenta de algo incómodo: yo no tenía un negocio, tenía un autoempleo.

Estaba por abrir un club de baile en sociedad cuando llegó el COVID. Se suponía que eran dos meses. Fueron dos años: los clubes no se pudieron habilitar. Ya venía para ese lado, pero ahí directamente no quedó ninguna chance.

El COVID cerró la pista y abrió internet

Tenía una cuenta personal seguida por un montón de profesores de fitness y de baile. Empecé a hacer lives contando cómo podían montar una academia online. No vendía nada: contaba. Nadie más estaba en ese tema y yo estaba en el momento justo.

En una sola semana conseguí 20 clientes a los que les cobré 1.500 dólares para enseñarles exactamente eso. Sin pauta, sin publicidad, sin nada. Ahí me hizo clic algo que hoy es la base de todo lo que enseño: el problema casi nunca es el producto, es el posicionamiento y saber a quién le estás hablando. Si tenés un buen producto que resuelve un dolor grande, es casi imposible que no te compren. Lo que falta, en general, es reformular a quién le vendés. El cliente ideal se nombra mucho y se trabaja poco.

La coproducción: cómo empecé sin tener resultados propios

Mi setup era una tabla de madera y me conectaba con los datos del celular porque no tenía internet. ¿Cómo convencés a alguien de trabajar con vos cuando no tenés resultados para mostrar? Yo hice algo que no sé si es muy inteligente, pero me funcionó: coproducción.

Le escribí por mensaje a una clienta a la que le había dado clases en el mundo físico y que tenía 80 mil seguidores. Le dije que estaba aprendiendo una estrategia de marketing, que se la quería mostrar, que no le iba a cobrar nada y que solo ganaba una comisión de lo que se vendiera. Ella no tenía nada que perder. Le monté la academia con área de miembros y le armamos un lanzamiento: juntás a la audiencia en un grupo de WhatsApp, hacés un evento gratuito donde mostrás la metodología y al final hacés la oferta. Entraron alrededor de cien personas de pago y yo me llevé cerca del 40% en dólares.

Eso lo repetí unas quince veces más, siempre en la misma temática pero en sub-nichos distintos: fitness para mujeres, fitness para hombres, estilos de baile afrocubano. Yo corría con los gastos de las páginas y los anuncios, y en ninguno aparece mi nombre. Tengo todo documentado, pero nadie sabía que estaba atrás.

También aprendí el riesgo: cuando aprendieron la metodología, varios quisieron hacerlo por su cuenta. No les funcionó, pero yo igual me quedé sin ese ingreso. Ahí decidí que era momento de montar lo mío. Por eso hoy prefiero los negocios unipersonales, la coproducción o el trabajo por comisión antes que las sociedades: prefiero tener el control de mis cosas. Lo digo por conocimiento de causa.

Fallar rápido es una estrategia, no un defecto

Yo fallo mucho. Pero fallo rápido, porque intento mucho. Con la comunidad probé precios distintos, prueba gratis, orgánico, anuncios, lead magnets, producto de un pago. Voy iterando hasta encontrar lo que mejor encaja, porque no existe una clave del éxito universal: depende de la persona y del tipo de negocio.

Si tu primer producto no te da un poco de vergüenza, lo lanzaste tarde. Te doy un ejemplo real: la primera sesión de clases en vivo de la comunidad la arranqué en un enlace y la gente estaba en otro, porque no me había tomado el trabajo de aprender bien la herramienta. Terminamos migrando de Google Meet a Zoom. Pedí disculpas, me quedé un rato largo charlando y seguimos. Si en cambio te pasás un año puliendo algo que después no funciona, perdiste un año sin ingresos y sin información. Probá diez cosas en dos meses, con buena base de marketing, y vas a encontrar cuál encaja.

La parálisis por análisis le pasa a casi todo el mundo, y el problema de fondo es otro: hay demasiada presión social con que las cosas tienen que resultar ya. A mí no me funcionaron un montón de cosas. Yo hoy cambiaría una sola palabra: en vez de «fallar», intentar. Es una hipótesis. Y podés reducir el margen de error estudiando el mercado antes de salir a ciegas, y rodeándote de gente que ya sabe hacer lo que vos querés hacer. Ese es literalmente el camino más rápido que conozco: juntarte con quien ya lo hizo, copiar el proceso y adaptarlo a tu nicho. Es la razón por la que armé la Escuela de Creadores con IA como una comunidad y no como un curso suelto: los talleres en vivo de los sábados y las sesiones de preguntas de los martes existen para que nadie tenga que adivinar la parte técnica que a mí me costó años.

Ni la edad ni la inteligencia artificial son la barrera

Al principio me sentía grande para aprender internet. Veía jovencitos rompiéndola en el mercado americano y pensaba «yo arranco de cero». Sumale que tengo algo de dislexia, escribo medio al revés y leo lento, y eso me generaba mucha inseguridad. Lo que mejor me funcionó fue apagar el ruido: dejé de mirar y empecé a ejecutar. Compararse sirve para inspirarse y arruina cuando te convence de que te falta demasiado.

Hoy tengo 46 años y no me siento de 46. La edad es un calendario. No pienso jubilarme; pienso en cómo hacerlo mejor.

Con la inteligencia artificial pasa algo parecido. No te va a reemplazar a vos: es un potenciador. Lo que sí puede pasar es que quedes atrasado si no la sabés usar. Si yo tengo que elegir entre dos personas para un puesto, elijo a la que sabe usar IA. No necesitás dominar todas las herramientas —son un montón—, necesitás cosas específicas que potencien una habilidad que ya tengas.

Primero definí el estilo de vida, después el modelo de negocio

Esta es la parte que casi nadie hace y que a mí me hubiera ahorrado años. Antes de preguntarte cuánto querés facturar, preguntate qué vida querés. ¿Querés un equipo grande o trabajar solo? ¿Querés vender algo físico o digital? ¿Te gusta salir en cámara o preferís estar atrás? ¿Bancás estar todo el día en llamadas uno a uno?

Lo más fácil es empezar por la lista de lo que no querés. Yo no quiero una startup gigante, no quiero cincuenta empleados, no quiero el celular explotado de mensajes y no quiero vivir pegado al Zoom. Quiero un negocio chico en cantidad de gente, de productos y de canales, que funcione simple y que facture mucho. Ese es el negocio que estoy ejecutando ahora: no el que más vende, sino el que más libertad y más tiempo me da.

De ahí viene lo que mejor me está funcionando hoy: los activos digitales, productos creados y validados rápido con inteligencia artificial, de forma orgánica y con anuncios. Un producto útil que no consuma tu tiempo. Si fueras contador, por ejemplo, podrías vender una planilla de Excel para finanzas personales a 20 o 30 dólares mil veces, sin dar un curso ni importar nada de China. El otro día vi un combo de música de los 80 y los 90 para DJs, un simple pack de archivos. Brillante: le ahorrás tiempo al otro y cobrás por eso.

El copy es la clave, no el producto

Los negocios en internet son más fáciles de lo que parecen; nosotros los complicamos. Yo hoy armo una landing page con un prompt y me acuerdo de todo lo que sufrí para hacer lo mismo hace unos años con WordPress. Herramientas como Lovable resolvieron en minutos lo que antes eran semanas.

Pero el reto nunca fue técnico. El producto no vende: vende el marketing, el mensaje, el copy. Ahí está la clave de internet. Todo lo demás —embudos de ventas, lanzamientos, VSL— está explicado gratis en YouTube. ¿Y por qué no todo el mundo lo logra? Porque todo el mundo hace un poquito de cada cosa. Si te volvés experto en una sola, en algún momento la dominás. Si te volvés generalista, no terminás de aprender bien ninguna. Apagá el ruido y enfocate en un solo proyecto, un solo mentor, una sola comunidad.

Cuidar el entorno y no validarte con un número

Hubo una época en la que todo se cayó junto: se cerró mi escuela de baile de diez años porque no podía pagar el alquiler, terminó una relación de diez años y se me rompió un diente que no tenía cómo pagar. Salud, dinero y amor, todo al mismo tiempo. Mi autoestima estaba por el piso.

Si pudiera hablarle a ese Rodrigo, le diría esto: no te valides por un número. Un negocio puede funcionar diez años y dejar de funcionar porque el mercado cambió. Lo que importa es la capacidad de adaptarte, ser como plastilina. Cuando alguien te cuenta que facturó una cifra enorme, la pregunta correcta no es «cuánto ganó», es «cuántos años y cuánta inversión en mentalidad, estrategia y estructura hubo detrás».

Y cuidá el entorno, que es lo que te da fuerza para seguir. Yo soy hermético con mis cosas: no ando contando lo que hago. Si alguien suma mala energía, lo saco y no me genera ningún conflicto. En Las 48 leyes del poder, de Robert Greene, hay una idea dura pero útil sobre cuidarse incluso de los cercanos; yo lo traduzco así: no regalarse en los negocios no es dejar de dar, es valorarse. También aplica al revés: si sos el más inteligente de la mesa, estás en la mesa equivocada. Cambiá de mesa, incomodate, seguí creciendo.

Disfrutar el camino, porque en la cima no pasa nada

Hace poco vi un video de un personaje que sube una montaña con el único objetivo de llegar a la cima. Llega, y no pasa nada. Yo lo viví en carne propia. Cuando tenía la escuela de baile, tenía en la cabeza un número de socios que era casi un sueño. Un día lo pasamos. La clase estaba llena, llena, llena. Yo ni siquiera la estaba dando: la estaba grabando. Y no me cambió nada. Gané un poco más de dinero y ese negocio terminé cerrándolo igual.

Lo que sí me quedó fueron las juntadas, las risas, las bromas, los desafíos, la vez que se inundó el local, los viajes amontonados en un auto que apenas andaba llevando a las bailarinas a sus casas. Fui mucho más feliz en el camino que cuando llegué a la meta, y no me había dado cuenta.

Por eso hoy lo vivo como un videojuego. Ponés la fichita, jugás, perdés, ya sabés dónde perdiste, volvés a intentar y pasás de nivel. En cada nivel hay un problema distinto: hoy los míos son la facturación, los temas fiscales, la estructura, decidir dónde reinvertir. Problemas siempre va a haber, y está bien que así sea, porque cuando los superás sos una persona más capaz.

Lo que le diría al Rodrigo de hace cinco años

Mi avatar hoy no es el Rodrigo actual: es el de hace cinco años, el que tenía todos estos miedos. A esa persona le diría que no busque el resultado rápido, que empiece por sus habilidades antes que por los resultados, y que respete el proceso, porque cada uno parte de un lugar distinto. Le diría que hay gente que publicó un mes, no vendió nada y abandonó: un mes no es nada. Y le diría que conserve algo del chico que se subía a la punta de la rama, se caía de la bici y se volvía a subir. Esa actitud es la que hace que aprendas rápido.

También le diría que se cuide el cuerpo. Yo pasé de estar muy entrenado a vivir sentado frente a la computadora comiendo cualquier cosa, y después me fui al otro extremo: tan obsesionado con que los resultados llegaran rápido que no me levantaba para nada. No llegan más rápido; solo te saturan.

Internet me cambió la vida. Me dio la casa, la familia que tengo y el estilo de vida que elegí. Vale muchísimo la pena, con una condición: blindarte, respetar el proceso y no bajar las ganas. Si querés hacer ese camino acompañado en vez de a los tumbos, en la Escuela de Creadores con IA tenés siete días de prueba gratis para entrar, ver los talleres y decidir por vos mismo si es tu lugar. La felicidad no está en la cima. Está en la charla, en la clase compartida, en el producto que ves funcionar. Está en el camino.


  • 744-5,8 millones de vistas, casi cero ventas: el error que no vuelvo a cometer
  • 743- Miedo a fallar: lo que Messi, Bieber y Picasso enseñan del éxito
  • 742-El método probado para triplicar tu productividad en menos de una semana 
  • 741-Tus videos con IA se ven bien. Pero nadie los recuerda
  • 740-Descubre el secreto para armar una grilla de contenido que convierte vistas en ventas (en solo 7 días)

Publicado en: Podcast

Cómo usar apps© 2026 · Un sitio hecho con amor para ustedes.

  • Equipo
  • Contactar
  • Política de privacidad
  • Cookies
  • Términos y Condiciones de Uso
close-icon

¿Has olvidado tu contraseña?

👉 ¿No estás registrado? Registrate ahora